Nuestra visión del mundo, nuestra visión de la Iglesia y nuestra visión individual como miembros del Cuerpo de Cristo, y por encima de todo, la visión de lo que en Cristo vamos a ser y realizar, componen la Declaración de Visión del Ministerio de Belém. Nuestra visión de lo que somos es la plataforma de aquello que estamos en camino de ser: Somos adoradores del Señor Jesucristo. Él es nuestro Salvador y Señor, y lo amamos. Cristo es la alegría de nuestra alma y la esperanza viva de nuestro corazón. Por eso, lo alabamos constantemente y lo adoraremos en Espíritu y en Verdad hasta que Él venga a buscarnos, y por toda la eternidad.
Somos una familia — Vivimos en comunión; somos miembros del mismo cuerpo, que es Cristo. Nos amamos unos a otros y también a aquellos que nunca han tenido una experiencia personal con Jesús. Cada persona es importante para nosotros, y siempre queremos expandir las fronteras del amor de Dios que rebosa en nuestros corazones.
Somos salvos — Fuimos rescatados del mundo y de la muerte eterna por la sangre de Cristo derramada por nosotros en la cruz del Calvario. Tenemos vida eterna y estamos en camino al cielo.
Somos proclamadores — Somos testigos de Cristo: de Su amor, de Su bondad, de Su misericordia y de Su salvación. Por eso, proclamamos al mundo las Buenas Nuevas: ¡hay esperanza, hay salvación en Cristo!
Tenemos un corazón misionero — La pasión misionera arde en nuestra alma. Luchamos con todas nuestras fuerzas para alcanzar cada vida, hasta los confines de la tierra, con el mensaje de la esperanza de la salvación en Jesús. Creemos en la Palabra de Dios como autoridad absoluta — es nuestra regla de fe y práctica; creemos que en ella no hay error, y por ella tenemos vida. Estudiamos y enseñamos sus preceptos y valores, nos deleitamos en ella y disfrutamos de sus verdades. Equipamos y entrenamos a los miembros del Cuerpo de Cristo para vivir la realidad del Evangelio en el día a día.
Somos siervos — Como nuestro Señor Jesús, fuimos llamados para servir y no para ser servidos. Nos gozamos en servir a Dios en la Iglesia, en la familia, en el trabajo, en nuestra comunidad, en nuestra ciudad, estado y país donde Dios nos haya plantado, en la vida de nuestro prójimo y en cada oportunidad que Él nos da.